16 febrero 2011

Una vida imaginada

El otro día fui a ver a mi abuelo al hospital. Bueno, eso ocurre muy a menudo debido a su insuficiencia respiratoria. Afortunadamente ya está en casa de nuevo. El caso es que cada vez que le ingresan unos días y subo a verlo conozco a un nuevo compañero de habitación. Gente mayor, como él. Con unos apenas intercambio dos palabras, otros se muestran abiertos y joviales, unos acompañados en todo momento por familiares y otros, como era el caso de éste último, solos.
 Al parecer estaba allí aquejado de alguna dolencia que desconozco enviado por la residencia de mayores en la que estaba, aunque luego mi madre me dijo que tenía una hermana que iba a visitarle todos los días.

Mientras permanecía abstraído por la televisión me limité a observarlo a hurtadillas. Tenía los ojos y los pómulos hundidos, el pelo canoso y la piel muy pálida. Todo su cuerpo parecía haber abandonado la vitalidad que un día tuvo. Levantaba sus manos nudosas y temblorosas lentamente cuando quería pedirle algo al enfermero que le daba de cenar (con muy poca paciencia por cierto) y emitía un sonido quejumbroso cada vez que exhalaba el aire por la boca, lo que le hacía parecer aún más moribundo. Todo en él denotaba fragilidad, y eso da mucho que pensar. Inevitablemente todos nosotros bajamos por el mismo río que algún día llegará al mar y él parecía estar ya en el delta.

Pero cuál fue mi sorpresa cuando en su antebrazo vi dibujado uno de esos tatuajes antiguos de líneas desdibujadas y gruesas. La verdad es que me hizo sonreír. Inmediatamente mi imaginación se puso a trabajar en dotarle de una vida a ese hombre que para mí era un desconocido y del que no conocía nada de su pasado. El tatuaje era una cara, aunque desde donde yo estaba parecía una calavera, pero no podría decirlo con exactitud.

Quizá hubiera sido marinero, o habría estado en la cárcel, o simplemente sería un chico malo de la época. Hoy en día cualquiera tiene tatuajes. Tatuajes que para la mayoría de la gente es cuestión de estética más que de una fuerte convicción o creencia personal. Pero en aquella época los tatuajes tenían su propio lenguaje y no se hacían así como así, ni se les hacía cualquiera, tenía que haber una buena razón para ello.

Después de ver aquello mi visión sobre aquel hombre cambió y ya no le vi más como alguien débil y cansado sino como una persona con una rica vida por detrás que nunca conoceré.


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